Leyendo una novela me encontré con este párrafo perteneciente a “Karoo” de Steve Tesich:

“Mire a mi padre, por ejemplo. Está muerto. Se murió ya no sé cuánto hace, pero se murió. ¿Y sabe usted que me dijo antes de morirse? Me dijo que sentía mucho no quererme. Me pidió que le perdonara en su lecho de muerte por no quererme. ¿Ve a qué me refiero? (…)

La cuestión es que yo no lo sabía. Hasta aquel momento no tenía ni idea de que él no me quería. Había crecido pensando que sí. Estaba convencida. Dios sabe que yo le quise a él y jamás se me ocurrió que él no me quisiera a mí. ¿Por qué coño no podía morirse callado en lugar de soltarme aquello? ¿Por qué me lo tenía que decir? ¿Para morirse en paz? ¿Y yo qué?

Cogí un avión (…), preocupada como una tonta por no llegar a tiempo. Llegué justo a tiempo para que él pudiera decirme, antes de morirse, que no me quería.

Y todos esos años, señor… ¿qué iba a hacer con todos años que había vivido convencida de que me quería?”

Me pareció una definición perfecta de como en algunos casos la verdad es peor que la mentira. Y que muchas veces, al igual que la mentira se usa no por honestidad, sino por intereses propios. En este caso, para limpiar una mala conciencia, aún a riesgo de devastar el pasado de otra persona con las consiguientes secuelas psicológicas.

No es un alegato a favor de las mentiras piadosas o de la ocultación de la verdad en general, ni de lo contrario. Sólo es constatar que las cosas son mucho más complejas de lo que parecen, y que no basta una única plantilla para resolver todos los problemas.

Hay veces que uno necesita saber, y otras que no.

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