“- Harry… según usted, ¿por qué siempre boxeo solo?

-Pregúnteselo usted mismo.

-Porque tengo miedo, creo. Tengo miedo a perder.

-Pero cuando se presentó en aquella sala de Lowell, por consejo mío, y aquel negro enorme le pegó una paliza, ¿qué sintió?

-Orgullo. Después del golpe, sentí orgullo. Al día siguiente, cuando miré los moratones de mi cuerpo, me gustaron: ¡me había sobrepasado, me había atrevido! ¡Había osado combatir!

-Así  que usted considera que ganó…

-En el fondo, sí. Incluso, si técnicamente, perdí el combate, tengo la impresión de que ese día gané.

-La respuesta está ahí: poco importa ganar o perder, Marcus. Lo que cuenta es lo que recorre ente la campana del primer round y la campana final. El resultado del combate, en el fondo, no vale más que para el público. ¿Quién tiene derecho a decirle que perdió si usted cree que ganó? La vida es como una carrera a pie, Marcus: siempre habrá gente más rápida o más lenta que usted. Todo lo que cuenta al final es la voluntad que ha puesto en recorrer el camino.”

Este fragmento pertenece al libro “La verdad sobre el caso Harry Quebert” de Joël Dicker.

Mucha de nuestra desazón interior viene por la comparación continua con el de al lado. Nuestra autoestima está supeditada a si estoy por arriba o por debajo de aquel o del otro. Y nos olvidamos de lo que hemos hecho y puesto en ese proceso.

En una sociedad hipercompetitiva como la actual, invariablemente siempre habrá alguien mejor, más capaz, más rápido…  ¿y qué?

Pensemos un poco en ello cuando emprendamos algo.