Estar alerta en términos psicológicos tiene dos vertientes:

Una es la que se relaciona con el estrés y la ansiedad.  Esta suele producir tensión, angustia, desazón y a la larga, mucho cansancio mental y físico. A terapia acuden pacientes con rasgos de hipervigilancia, que les lleva a alterarse por cualquier cosa y estar con la sensación de estar bajo de la espada de Damocles.

La segunda, que es de la que quiero hablar, es aquella que nos mantiene despiertos, en el mundo. Es la que nos hace sentir que estamos aquí y ahora: vivos. Estar en ese estado es estar atento a lo que sucede, a no dar las cosas por supuestas, a cuestionar, a aprender cosas nuevas… Implica estar atento a los cambios que se dan a nuestro alrededor y a adaptarnos a ellos con prestancia. Es el buen estrés. Ese que funciona como un aguijón para no amodorrarnos.  Nuestros más antiguos ancestros lo tenían muy presente porque si no, morían. Les obligaba a estar pendientes no sólo de las amenazas sino de las oportunidades que se presentaban.

Sin caer en la primera, es bueno reivindicar ese punto de activación, de estar alerta a lo que ocurre fuera y dentro de nosotros. Así que ¡pon las orejas tiesas!