Leí hace no mucho que el cerebro humano se desarrolló de manera significativa cuando aprendió a dominar el fuego. Con su control, aparte de darse calor, luz o cocinar pudo “resguardarse” sin miedo de las bestias. Esto hizo que no teniendo que estar en constante alerta se pudiera replegar sobre sí mismo y poder pensar de una manera no tan reactiva. A partir de ese refugio podía organizar cuales iban a ser sus siguientes pasos. Podía planificar, hacer estrategias…

Según fue creando espacios de mayor confort y seguridad, el adentrarse en sus pensamientos no sólo conllevaba prever posibles peligros o crear soluciones para ciertos problemas del entorno. Empezó a pensar en sí mismo y a generar ideas que trascendían de su cotidianidad.

Ese ensimismamiento le fue dotando de más humanidad y le fue separando del reino animal. Parece que cuantos más avances se iban logrando, el ser humano iba robando pequeñas parcelas para dedicarse más a sus quehaceres.

Ahora estamos, por lo menos en Occidente, en un momento en donde el desarrollo tecnológico es gigantesco y con visos de seguir avanzando mucho más. Y deberíamos tener más tiempo para tener esos momentos de recogimiento interior, donde podríamos conocernos mejor y pensar hacia donde queremos dirigir nuestra vida. Paradójicamente, no es así. Estamos hiperconectados y constantemente respondiendo a incontables demandas del exterior, y mientras, no hay una pausa para revisar dónde estamos, cómo nos sentimos, qué pensamos sobre esto y aquello…

Nos falta ese “fuego” que nos sirva para darnos una tregua respecto al exterior y volver sobre nosotros mismos. Ese fuego, creo yo, ya está dentro de nosotros; en nuestra voluntad. Tengámoslo en cuenta.