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Para General

Estas son tus cartas. Juégalas.

 

Muchas veces nos quejamos de lo mal que nos van las cosas. Si se cambiase esto o aquello mi situación sería diferente. O que me quede como estoy que no me va nada mal. Y parece que nos ceñimos completamente a eso que nos ha tocado vivir en ese momento.

Como decía Ortega Y Gasset, el hombre es él y sus circunstancias. Para mí está clarísimo. Nos condicionan mucho nuestras circunstancias físicas con las que nacemos o nos acontecen, el entorno que nos rodea, etc., pero siempre hay un margen de manejo propio. A veces, minúsculo, otras veces, enorme.

Me viene siempre la imagen de una partida de cartas donde un jugador con unas cartas pobres acaba ganando su mano. Parte con desventaja pero hace lo posible mediante su habilidad, ingenio, valentía o lo que sea para sacarle el máximo partido. Dice el dicho “De la necesidad se hace virtud”. Además, jugar lo mejor posible y con cierto arrojo hace que surjan circunstancias nuevas con diferentes posibilidades. Siguiendo el símil de los naipes, jugando muchas veces se roba y se desechan cartas y vienen otras distintas, y la partida puede cambiar. Esto hila con el concepto de Resilencia, en donde una persona con pocos recursos es capaz de sobreponerse a esas adversidades.

Creo que primero hay que aceptar lo que tienes sin perder tiempo en cómo podría haber sido (eso son realidades paralelas) y después, analizar que se puede hacer con ellas y jugarlas lo mejor posible.

Así que, ¡Juega!

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En mi época…

 

Es habitual que cuando uno se va acercando a los 40 y de ahí en adelante ya empiece a hablar en pasado. Uno se empieza a referir a su “época” haciendo alusión a su adolescencia hasta los 30, años arriba o abajo. De hecho el término veinteañero o treintañero tiene ese punto simpático. Ya a los 40 para arriba se denomina cuarentón, cincuentón y lo de más arriba ya ni se menciona. Tiene esa carga ligeramente peyorativa.

Parece que lo “bueno” se pasó o que lo que sucede actualmente les pertenece a otros, y nosotros somos actores secundarios. Es obvio que las personas cambian y la mayoría no hacen las mismas actividades de cuando eran más jóvenes, pero hay un tono de nostalgia. Eso hace que mucha gente se acartone siguiendo el carril cogido y de ahí apenas se mueven.

Esto es fruto de la glorificación de la juventud en nuestra actual sociedad. Mientras perteneces a ella, estás en la “pomada”. Cuando te haces más mayor, sales. De hecho, es curioso que la juventud se ha alargado. Antes con 30 años e incluso menos, eras un adulto totalmente. Ahora con veintimuchos o treinta aún eres un chaval.

No digo que haya que acortar esa juventud ni alargarla para que los cuarentones se conviertan en cuarenteños o algo similar. Simplemente que nos demos cuenta de que estamos vivos y que esta, es también nuestra época, y que la podemos vivir según nosotros creamos y podamos. Que no estemos tan anclados al pasado como algo maravilloso que no volverá y lo que nos queda es asumir nuestro papel asignado y llevarlo lo mejor posible ¿Tienes que volver a hacer las cosas de joven? No necesariamente. Deja solamente la puerta abierta a que entren aspectos nuevos en tu vida.

Que no se oiga lo de “En mi época…”  porque uno ya la está viviendo en el momento actual.

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Capitán, aquí. Capitán, allí

 

Escuché un testimonio de una familia que comentaba que el padre era capitán en la marina. Un hombre muy bien valorado en su entorno profesional y muy disciplinado. Ejercía muy bien de capitán. Este hombre pasaba varios meses al año fuera. En casa le echaban de menos…hasta que aparecía. Este capitán cuando volvía a casa seguía ejerciendo del mismo. No cambiaba el rol. Parecía que estaba en el barco y todo era “ordeno y mando”, para desgracia de la familia. Se generaba una situación ambigua y complicada. Cuando estaba de servicio le añoraban y cuando volvía, estaban deseando que se fuera de nuevo.

Este capitán no sabía o no era capaz, o ni era consciente de que debía dejar los galones en el barco, y ponerse el traje de padre, esposo o lo que fuera. Muchas veces se confunde coherencia con rigidez de comportamiento. Este hombre pensaría que era el mismo siempre y así es como tenía que comportarse. Cambiar podría ser una deslealtad hacia uno mismo.

Puede que tenga razón pero lo que está claro es que a su familia no le gustaba mucho su “coherencia”. Si analizamos un poco los espacios donde nos desenvolvemos, veremos que según la situación sacamos una parte u otra de nosotros mismos. No es lo mismo estar con los amigos que en una reunión de trabajo, o estar con niños pequeños que con nuestros padres…

Cambia el traje cuando haga falta.

 

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Puede…

 

Había una vez un guerrero indio al que le regalaron un caballo espléndido. Todos los demás habitantes de su poblado le decían que tenía mucha suerte. Él respondía: “puede…” Al cabo de unos días, su caballo se escapó. La gente le decía que tenía mala suerte. Él decía: “puede…”. Al cabo de unos días, el caballo regresó trayendo detrás un grupo de ponis. La gente le comentaba lo afortunado que era. El guerrero, respondía: “puede…” Su hijo, joven y valeroso, al montar en uno de los ponis, se cayó y se rompió una pierna. La gente decía que qué mala suerte habían traído los ponis. Él se limitaba a decir: “puede…”. Unos días después el poblado entró en guerra con otra tribu cercana. Hubo enfrentamientos y murieron muchos jóvenes. El hijo del guerrero no pudo ir por su rotura, y salvó la vida. La gente le volvía a decir lo afortunado que era. El guerrero, volvió a decir: “Puede…”

¿Qué es bueno y que es malo? Muchas veces, no tenemos ni idea. Nos anticipamos sacando conclusiones acerca de esto y aquello, y luego las cosas cambian de manera radical sin darnos cuenta.

Quizás coger las cosas según vengan sin ir demasiado allá sea más útil en nuestras vidas.

 

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Y con el cuerpo, ¿qué?

 

Sabemos que hay muchos trastornos relacionados con el cuerpo, desde un exceso de atención como en la anorexia nerviosa, hasta el desprecio como en casos de autolesiones que se pueden dar en el TLP. También es verdad que estamos en una sociedad que le da gran importancia al físico pero desde una óptica predominantemente estética y superficial. Contando con esto, parece que el cuerpo queda con frecuencia en un segundo plano, por la gran atención que se le da al plano emocional y mental.

Toda esta introducción viene provocada por un artículo de Gonzalo Torné en el que comentaba el poco caso que se le hace a la estructura física de internet, quedándonos sólo con el aspecto virtual. Desconocemos que hay una amplísima red de tuberías, cables, conductos… que hacen viable nuestro uso de la red. Decía que en Armenia una mujer cortó un cable dejando a toda la población sin conexión durante horas. En el mapa que se adjunta se puede ver el cableado marino que conecta a todo el planeta.

Algo creo que pasa parecido con nuestro cuerpo. Si empieza a fallar, todo lo demás empieza a seguirle. No cuidarle como debe, hace que tenga consecuencias perjudiciales para nuestra salud mental. Cuidarle, y “escucharle”. Muchas veces el cuerpo va por delante de nuestro reconocimiento tácito de que algo va mal en nuestras vidas: problemas estomacales, de sueño, contracturas musculares, dolores de cabeza o respiratorios, o dermatológicos. Hay una gran variedad de síntomas y de diferente gravedad. Ahí nos está diciendo que algo va mal, que debemos aminorar o espabilar, parar o cambiar… pero nos cuesta darnos cuenta.

Respeta a tu físico. Cuídalo. Dale el gusto cuando se lo merezca pero no lo mal acostumbres. Mantenle en forma. No le exijas cosas que no puede hacer durante más tiempo de lo permisible. No mires sólo el ahora; mira también que ese cuerpo te acompañará durante mucho más tiempo. Cosas tan básicas, como alimentación saludable, sueño de calidad, ejercicio físico moderado son esenciales para tenerle en buenas condiciones. Por no hablar que cuando unos se encuentra físicamente todo parece más sencillo y disfrutable.

Si está bien, tú también estarás bien.

 

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El Poder de la Sugestión

 

La imagen que nos encontramos es la de un lechero en Inglaterra después de los bombardeos alemanes. El hombre va con buena cara a seguir con su deber pese al destrozo que le rodea. Se supo mucho más tarde que era un montaje del gobierno inglés para subir la moral de la población. Seguramente este tipo de estrategias contribuyó notablemente a no darse por vencidos. Que sean verdaderas o no, en este caso casi parece irrelevante. Lo importante es lo que provocan en el sentir del receptor. Es sabido que tener una idea acerca de algo condiciona nuestro acercamiento a ello.

Una persona está convencida de que la gente le mira de manera especial por algo que ella sabe, y su respuesta será la de atención desmesurada a lo que los otros hacen o cuchichean. Sacará conclusiones de lo que piensan acerca de él y probablemente condicione su manera de actuar.

Otra ha tomado algo que le han dicho que le hará estar más sana, y se ve con más fuerza para emprender actividades.

Aquel fue a que le echaran las cartas y le vaticinaron una relación en breve. Desde entonces, sale continuamente y está más receptivo a posibles conquistas.

¿Quiere decir eso que por creer algo (bueno o malo) va a suceder? No necesariamente, pero sí que activa potenciales muy poderosos para que se pueda dar. Este fenómeno se llama también Autoprofecía Cumplida. Cuando estamos convencidos de que va a suceder algo, sin darnos cuenta, ponemos en marcha elementos para que eso se cumpla. Así, si me entero que a una fiesta que voy a ir, va a haber mucha gente que no me cae bien, probablemente, interactúe poco o nada, que esté frío u hostil, etc., Al final me iré a casa diciéndome: “Ves, lo que yo decía. Esta gente es un asco”. No habré analizado que yo también he contribuido al rechazo.

En la Terapia Breve centrada en Soluciones, fomentamos mucho el lenguaje orientado hacia el futuro como si éste se fuera a cumplir sí o sí. Usamos mucho el tiempo futuro y poco el condicional. Creemos en el poder de la sugestión y que cuando la persona se visualiza diciendo o haciendo algo en el futuro, ya tiene muchas probabilidades de que se cumpla. Por supuesto, teniendo en cuenta que está más o menos en su campo de acción. Así muchas veces, formulamos “Cuando hagas 2 km andando, ¿cómo te sentirás?” Damos por supuesto que va a hacer esos 2 km y así se lo transmitimos.

En esto, era un maestro Milton Erickson, que mediante la sugestión creaba climas propicios para el cambio. Después su influencia es extendió a muchas terapias de corte Sistémico y Estratégico, y finalmente a la Terapia Breve.

 

11 Prejuicios sin piedad

 

Viendo la película “Doce Hombres sin Piedad” de Sidney Lumet o su versión española teatral en Estudio 1 (ambas muy recomendables y disfrutables) se aprenden muchas cosas.

Pongámonos un poco en situación. Hay un jurado de 12 personas que tienen que dar el veredicto de culpabilidad o inocencia de un chico que ha cometido un crimen. En toda la obra, sólo se ve a ese jurado deliberar. 11 lo tienen clarísimo: culpable. Sólo hay uno que tiene dudas. Para dar una sentencia válida tiene que haber unanimidad.

Lo primero que uno ve es lo fácil que el prejuicio se instala en la comodidad. Gran parte del jurado lo que quiere es irse rápido a su casa, y no quiere perder más tiempo con este asunto, aunque haya una vida en juego. Optamos por la vía fácil y que no nos cree quebraderos de cabeza.

Lo segundo que se aprecia es que el prejuicio se apoya en la integración. Hay unos miembros dominantes que tienen muy clara su postura y la manifiestan con intensidad y agresividad. El resto no quiere contradecir por miedo al escarnio y al reproche. Así mantener esa opinión nos “protege” y nos integra en el grupo.

Lo tercero sí que va más directamente a lo que representa un prejuicio en sí. La idea de que algo es así y no puede ser de otra manera porque si fuera contraria me desmontaría ideas muy interiorizadas. El chico acusado representa para algunos de los miembros la idea clara de que cierta juventud está descarriada, que no respeta a sus mayores, que pertenece a una escala social de la que poco se puede esperar… El supuesto crimen ratifica esa idea que ya se tiene previamente.

Y he aquí que emerge un elemento discordante: el jurado 12, que cuestiona que las pruebas sean tan concluyentes. Y este rompe con todo lo anterior. Para empezar cree que alguien que puede ser ajusticiado se merece un tiempo para confirmar si debe serlo o no. Sale de esa comodidad. Después cuestiona que las cosas tengan que ser de una manera porque nos lo hayan dicho tal cual. Intenta hacer tabula rasa con sus ideas preconcebidas  e intenta desmarcarse de la idea de si la juventud es tal o cual o si ese tipo de personas se merecen ese castigo. Por último, y a mí es lo que más me gustó, VALENTÍA. Porque se necesita arrojo para enfrentarse a 11 personas que piensan de manera distinta, y a algunos de ellos que se muestran despreciativos con tu opinión.

Eso es el qué, al que hay que añadir el cómo. El disidente argumenta con ejemplos claros, con argumentos sólidos, con buenas maneras y educación, sin caer en la provocación de algunos de sus compañeros, y con rotundidad cuando lo requiere.

Cómo acaba lo dejo para el que la quiera ver (de fácil acceso cualquiera de las dos versiones), pero creo que su visionado debería ser casi obligatorio para cuestionarnos por qué opinamos o hacemos muchas cosas.

 

Mi camino

“- Harry… según usted, ¿por qué siempre boxeo solo?

-Pregúnteselo usted mismo.

-Porque tengo miedo, creo. Tengo miedo a perder.

-Pero cuando se presentó en aquella sala de Lowell, por consejo mío, y aquel negro enorme le pegó una paliza, ¿qué sintió?

-Orgullo. Después del golpe, sentí orgullo. Al día siguiente, cuando miré los moratones de mi cuerpo, me gustaron: ¡me había sobrepasado, me había atrevido! ¡Había osado combatir!

-Así  que usted considera que ganó…

-En el fondo, sí. Incluso, si técnicamente, perdí el combate, tengo la impresión de que ese día gané.

-La respuesta está ahí: poco importa ganar o perder, Marcus. Lo que cuenta es lo que recorre ente la campana del primer round y la campana final. El resultado del combate, en el fondo, no vale más que para el público. ¿Quién tiene derecho a decirle que perdió si usted cree que ganó? La vida es como una carrera a pie, Marcus: siempre habrá gente más rápida o más lenta que usted. Todo lo que cuenta al final es la voluntad que ha puesto en recorrer el camino.”

Este fragmento pertenece al libro “La verdad sobre el caso Harry Quebert” de Joël Dicker.

Mucha de nuestra desazón interior viene por la comparación continua con el de al lado. Nuestra autoestima está supeditada a si estoy por arriba o por debajo de aquel o del otro. Y nos olvidamos de lo que hemos hecho y puesto en ese proceso.

En una sociedad hipercompetitiva como la actual, invariablemente siempre habrá alguien mejor, más capaz, más rápido…  ¿y qué?

Pensemos un poco en ello cuando emprendamos algo.

Cada cosa a su tiempo

En un fragmento de una historia de Sherlock Holmes, Watson relata: “Una de las características más notables de Sherlock Holmes era su capacidad para desconectar su cerebro y dedicar todos sus pensamientos a cuestiones más livianas cuando estaba convencido de que no le era posible avanzar más. Recuerdo que durante aquel memorable día permaneció absorto en una monografía que había empezado a escribir (…). Yo en cambio, carecía por completo de esa capacidad de desconexión, y en consecuencia, el día me pareció interminable (…) y sentí verdadero alivio, cuando al fin, nos pusimos en marcha…”

¡Qué maravilla! Qué manera de optimizar el tiempo, por un lado, y por otro, minimizar agobios y angustias.

No es fácil llegar a ese punto de autocontrol. Rápidamente nos vemos inundados por la preocupación, aunque en ese momento no podamos hacer nada al respecto, y sólo quede esperar.  Qué bueno es ser capaz de dejar cada cosa en su sitio y  no mezclar lo que no deber ser mezclado. Además, de paso fomentamos la concentración y la paciencia.

Es una habilidad que no se consigue de la noche a la mañana. Una buena manera de ponerlo en marcha es empezar con cosas cotidianas. Separar actividades y procurar que no interfieran unas con otras. Por ejemplo, si estamos cocinando, no podemos estar a la vez preparando trabajo o compaginando otras actividades; pero si hay un momento en el que nos toca esperar (un tiempo de cocción largo) sí que se puede hacer un alto, y retomar otra actividad, hasta que la cocina nos vuelva a pedir atención plena.

¿Probamos?

El Ensimismamiento

Leí hace no mucho que el cerebro humano se desarrolló de manera significativa cuando aprendió a dominar el fuego. Con su control, aparte de darse calor, luz o cocinar pudo “resguardarse” sin miedo de las bestias. Esto hizo que no teniendo que estar en constante alerta se pudiera replegar sobre sí mismo y poder pensar de una manera no tan reactiva. A partir de ese refugio podía organizar cuales iban a ser sus siguientes pasos. Podía planificar, hacer estrategias…

Según fue creando espacios de mayor confort y seguridad, el adentrarse en sus pensamientos no sólo conllevaba prever posibles peligros o crear soluciones para ciertos problemas del entorno. Empezó a pensar en sí mismo y a generar ideas que trascendían de su cotidianidad.

Ese ensimismamiento le fue dotando de más humanidad y le fue separando del reino animal. Parece que cuantos más avances se iban logrando, el ser humano iba robando pequeñas parcelas para dedicarse más a sus quehaceres.

Ahora estamos, por lo menos en Occidente, en un momento en donde el desarrollo tecnológico es gigantesco y con visos de seguir avanzando mucho más. Y deberíamos tener más tiempo para tener esos momentos de recogimiento interior, donde podríamos conocernos mejor y pensar hacia donde queremos dirigir nuestra vida. Paradójicamente, no es así. Estamos hiperconectados y constantemente respondiendo a incontables demandas del exterior, y mientras, no hay una pausa para revisar dónde estamos, cómo nos sentimos, qué pensamos sobre esto y aquello…

Nos falta ese “fuego” que nos sirva para darnos una tregua respecto al exterior y volver sobre nosotros mismos. Ese fuego, creo yo, ya está dentro de nosotros; en nuestra voluntad. Tengámoslo en cuenta.