En anteriores veces hemos hablado de las bondades de un aburrimiento bien entendido. Es decir, aquel que fomenta sin querer la creatividad o pensamientos que solo se pueden conseguir cuando uno no está ocupado en nada. Además también es una reivindicación del “no hacer” frente a la dinámica actual del utilitarismo y productividad a toda costa.

Esa molicie tiene su beneficio pero siempre que esté parcelado y que no se extienda demasiado en nuestra vida. Todo esto viene a cuento del visionado del clásico del cine español Calle Mayor, de Juan Antonio Bardem. Siendo breves, la historia transcurre en una pequeña capital de provincias en los años 50, en un ambiente plomizo y claustrofóbico. Hay un grupo de hombres que se aburren soberanamente, y que aparte del beber y alternar, su mayor aliciente es gastar bromas. Aquí entra en juego una apuesta donde uno de ellos se compromete a seducir a una de las solteronas de la sociedad para ver cómo se ilusiona, con el fin de luego dejarla plantada y reírse a no poder más.

Hay un dicho que dice que el Diablo mata moscas con el rabo por aburrimiento. Aquí es algo parecido. El hecho de no tener motivaciones importantes en su vida hace que este grupo de desalmados sin mayor interés que pasarse un buen rato, hagan sufrir de manera intensa a una persona, que mejor o peor, llevaba su vida sin molestar a nadie. Es habitual que personas o grupos (más estos que aquellos) para tapar su hastío vital se  encarguen de hacer mal ajeno. Y lo más triste es que el inicio de la maldad no tenga una intención malévola, sino pasar un buen rato y hacer más llevadero el pasar del tiempo, dejando campo libre a la miseria moral.

Ojo con el (mal) aburrimiento.

 

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