En el anterior post hablaba, a cuento de la película Calle Mayor de Juan Antonio Bardem, del efecto del aburrimiento sobre terceros. Esta película tiene muchas lecturas pero la otra que me llamó la atención, fue la que da título a esta entrada.

Poniendo un poco en antecedentes de manera muy resumida: una solterona en una capital de provincias es víctima de una broma por parte de unos haraganes desocupados. Uno de ellos la engañaría haciéndola creer que está enamorado de ella. El asunto se les va de las manos, ya que ella ha caído enteramente en la broma. Hay una persona sensata y decente, que viene de fuera, que cuando ve lo que le está sucediendo, le propone que se vaya a otro sitio. Él le ayudará a rehacer su vida. Ella, en la tesitura de alzar el vuelo por cuenta propia, o seguir donde estaba, siendo el escarnio de toda la ciudad, prefiere quedarse.

Como espectador, pides que se vaya. Que empiece de nuevo, que abandone esa vida gris, que ya no le va a ofrecer nada estimulante, a lo que hay que añadir el sambenito de ser la burlada. Ella duda, pero finalmente prefiere lo malo conocido que lo bueno por conocer. Cuantas veces, decidimos seguir como estamos, sin movernos de lo trillado, sabiendo que encima no aporta nada bueno ¿Será el espíritu de conservación? ¿O que realmente es muy difícil elegir?

En vez de quitarse las ataduras que otros le pusieron, prefiere quedarse como está. Como se decía antes, “muerta en vida”. No se  trata de ser un kamikaze. Me parece lícito ver los pros y los contras de hacer un cambio importante: de hecho, es de sentido común. Pero cuando lo que te ha pasado ha remarcado lo que ya sabías y lo ha agravado aún más, da tristeza dejarse vencer por la incertidumbre y no hacer nada.

Un final amargo pero también aleccionador sobre reflexionar la vida que llevamos (en lo grande y en lo pequeño), y si estamos dispuestos a querer cambiar algo.

 

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