En un fragmento de una historia de Sherlock Holmes, Watson relata: “Una de las características más notables de Sherlock Holmes era su capacidad para desconectar su cerebro y dedicar todos sus pensamientos a cuestiones más livianas cuando estaba convencido de que no le era posible avanzar más. Recuerdo que durante aquel memorable día permaneció absorto en una monografía que había empezado a escribir (…). Yo en cambio, carecía por completo de esa capacidad de desconexión, y en consecuencia, el día me pareció interminable (…) y sentí verdadero alivio, cuando al fin, nos pusimos en marcha…”

¡Qué maravilla! Qué manera de optimizar el tiempo, por un lado, y por otro, minimizar agobios y angustias.

No es fácil llegar a ese punto de autocontrol. Rápidamente nos vemos inundados por la preocupación, aunque en ese momento no podamos hacer nada al respecto, y sólo quede esperar.  Qué bueno es ser capaz de dejar cada cosa en su sitio y  no mezclar lo que no deber ser mezclado. Además, de paso fomentamos la concentración y la paciencia.

Es una habilidad que no se consigue de la noche a la mañana. Una buena manera de ponerlo en marcha es empezar con cosas cotidianas. Separar actividades y procurar que no interfieran unas con otras. Por ejemplo, si estamos cocinando, no podemos estar a la vez preparando trabajo o compaginando otras actividades; pero si hay un momento en el que nos toca esperar (un tiempo de cocción largo) sí que se puede hacer un alto, y retomar otra actividad, hasta que la cocina nos vuelva a pedir atención plena.

¿Probamos?