“En el pueblo, las gentes maldecían de la soledad y ante los nublados, la sequía o la helada negra, blasfemaban y decían: “No se puede vivir en este desierto”. El Nini, el chiquillo, sabía ahora que el pueblo no era un desierto y que en cada obrada de sembrado o de baldío alentaban un centenar de seres vivos. Le bastaba agacharse y observar para descubrirlos…”

Este fragmento de Las Ratas de Miguel Delibes describe perfectamente dos maneras diferentes de mirar, de observar lo que tenemos alrededor. La primera, es con automatismos, muchas veces necesarios, pero que de tan repetidos hacen que vayamos ajenos a lo que nos rodea. Esto se convierte en un escenario funcional para desempeñarnos en nuestros quehaceres. Creo que nos aliena, nos hace ser menos sensibles (para lo bueno y malo) que está cerca de nosotros. Y nos da una falsa sensación de que todo empieza y acaba en nosotros.

La segunda es la del Nini: hay muchas más cosas que nosotros y nuestras inquietudes. Abrirse a ellas, nos hace tomar conciencia, además de descansar un rato de nosotros mismos, lo cual es de agradecer. Aumenta nuestra sensibilidad, disminuye nuestro hastío y aburrimiento, y la manera de pensar derivada de estos: apatía, desinterés, cinismo constante y sarcasmos, y esa sensación de “estar de vuelta de todo”.

Es verdad que el cerebro propicia el fenómeno de Habituación, tan necesario al exponerse ante situaciones estresantes, pero eso no debería llevarnos a convertirnos en autómatas. El Nini, el personaje de la novela es tenido por muchos vecinos como un ser imbuido de una sabiduría innata. Al Nini lo que le hacía diferente era su capacidad de observación, siempre despierta y con ganas de aprender.

No te conviertas en un autómata.

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