Viendo la película “Doce Hombres sin Piedad” de Sidney Lumet o su versión española teatral en Estudio 1 (ambas muy recomendables y disfrutables) se aprenden muchas cosas.

Pongámonos un poco en situación. Hay un jurado de 12 personas que tienen que dar el veredicto de culpabilidad o inocencia de un chico que ha cometido un crimen. En toda la obra, sólo se ve a ese jurado deliberar. 11 lo tienen clarísimo: culpable. Sólo hay uno que tiene dudas. Para dar una sentencia válida tiene que haber unanimidad.

Lo primero que uno ve es lo fácil que el prejuicio se instala en la comodidad. Gran parte del jurado lo que quiere es irse rápido a su casa, y no quiere perder más tiempo con este asunto, aunque haya una vida en juego. Optamos por la vía fácil y que no nos cree quebraderos de cabeza.

Lo segundo que se aprecia es que el prejuicio se apoya en la integración. Hay unos miembros dominantes que tienen muy clara su postura y la manifiestan con intensidad y agresividad. El resto no quiere contradecir por miedo al escarnio y al reproche. Así mantener esa opinión nos “protege” y nos integra en el grupo.

Lo tercero sí que va más directamente a lo que representa un prejuicio en sí. La idea de que algo es así y no puede ser de otra manera porque si fuera contraria me desmontaría ideas muy interiorizadas. El chico acusado representa para algunos de los miembros la idea clara de que cierta juventud está descarriada, que no respeta a sus mayores, que pertenece a una escala social de la que poco se puede esperar… El supuesto crimen ratifica esa idea que ya se tiene previamente.

Y he aquí que emerge un elemento discordante: el jurado 12, que cuestiona que las pruebas sean tan concluyentes. Y este rompe con todo lo anterior. Para empezar cree que alguien que puede ser ajusticiado se merece un tiempo para confirmar si debe serlo o no. Sale de esa comodidad. Después cuestiona que las cosas tengan que ser de una manera porque nos lo hayan dicho tal cual. Intenta hacer tabula rasa con sus ideas preconcebidas  e intenta desmarcarse de la idea de si la juventud es tal o cual o si ese tipo de personas se merecen ese castigo. Por último, y a mí es lo que más me gustó, VALENTÍA. Porque se necesita arrojo para enfrentarse a 11 personas que piensan de manera distinta, y a algunos de ellos que se muestran despreciativos con tu opinión.

Eso es el qué, al que hay que añadir el cómo. El disidente argumenta con ejemplos claros, con argumentos sólidos, con buenas maneras y educación, sin caer en la provocación de algunos de sus compañeros, y con rotundidad cuando lo requiere.

Cómo acaba lo dejo para el que la quiera ver (de fácil acceso cualquiera de las dos versiones), pero creo que su visionado debería ser casi obligatorio para cuestionarnos por qué opinamos o hacemos muchas cosas.